ORIGINS, THE LIGHT OF DARKNESS

La luz de la oscuridad

¿Dónde está el origen? Partiendo de la incertidumbre, del querer saber el porqué y el cómo, en un intento de dar algún sentido a nuestra existencia, los artistas Jordi Marcet y Rosa Vila-Abadal presentan “La luz de la oscuridad”. Con la cerámica como vehículo de expresión artística y a través de una mirada plenamente contemporánea los artistas nos desvelan la respuesta a todas nuestras preguntas con una puesta en escena marcada profundamente por la sobriedad, la serenidad y el juego de claroscuros. La instalación de grandes paneles cerámicos pautan un recorrido conceptual por “varios” estadios de la creación en una especie de viaje iniciático al descubrimiento del origen de la Tierra, del Hombre y del Arte.
¿Dónde está el origen? El viaje se inicia en la oscuridad y el silencio. Un silencio acompasado por el sonido de la hermosa melodía que Eleni Karaindrou compuso para la banda sonora de La mirada de Ulises, de Theo Angelopoulous. El sonido del silencio marcará el inicio y guiará la cadencia de los pasos en un recorrido físico y espiritiual en busca incansable de respuestas que den sentido a nuestra existencia. Una luz muy tenue, casi imperceptible al inicio, que gradualmente parecerá hacerse más intensa, ilumina, dirige y centra la mirada exclusivamente en lo esencial. Todo lo demás queda en la penumbra.
Partimos. Cuatro paneles verticales, de dimensiones descomunales, un primer estadio que simboliza la oscuridad absoluta, el nada, el vacío materializado en diminutas piezas cerámicas gresificades, de negro mate y de tacto aterciopelado. Son pequeñas pinceladas nerviosas que tiñen una inmensa tela, un cuadro impresionista salpicado sólo por pequeños trazos de color esparcidos aleatoriamente: nace la luz. Seguimos, y aunque todavía predomine el negro, la oscuridad, de las humedades que fluyen de las aguas estancadas en pequeños recipientes cerámicos, la tierra, se intuyen ya los primeros indicios de vida vegetal: formas primitivas, volúmenes, los primeros colores, pequeños puntos elementales de blanco, verde, rojo y amarillo. Una luz todavía muy débil emblocalla suavemente los contornos de las piezas. La aparición de vida vegetal da paso al estallido del color. La oscuridad ahora parece retirarse tímidamente en un segundo plano para dar protagonismo a la luz y mostrar el esplendor de la naturaleza, representada en un tercer estadio por la multiplicidad de pequeñas piezas ahogándose por el espacio: la exhuberancia de las formas orgánicas, coronadas de colores vibrantes, verdes y rojos, nos hacen partícipes de un momento nuevo. Se intuye el cambio. Nos lo apunta un cuarto estadio representado por un mar de dedos, dedos con forma femenina que parecen balancearse sinuosamente con el viento, un tapiz blanco de voces silenciadas que apuntan el camino y nos invitan a la acción. Se acerca el final, y en él, la respuesta clara a nuestras incertidumbres. Suspendido, como si flotara, un gran panel culmina la peregrinación. La intensidad de la luz y los colores suaves desdibujan las formas, y un deseo inconsciente nos empuja a salir de la penumbra y acercarnos para ver con claridad. Sólo observando de cerca descubrimos el milagro: un inmenso retablo recubierto de pequeñas caras, un tencaclosques de formas triangulares encajadas perfectamente que parecen flotar de un lugar muy oscuro y profundo hacia la superficie. Muchas caras, engañosamente clonitzades, con rasgos no muy definidos aún, que se nos manifiestan con los ojos cerrados en un puesto sereno. Las caras son en realidad una sola y anuncian un futuro no muy lejano: el nacimiento de un hombre nuevo. Un hombre nuevo que está por venir, pero que ya está, en alma.

La luz de la tierra

… y retomamos los pasos para contiuar el viaje, nuestro, en busca del Hombre Nuevo, nosotros. Unidos por el eje VIDA, aquel rompecabezas de caras infinitas que surgió de la oscuridad, con los ojos cerrados todavía, se refleja ahora descubriendo en su reflejo el color, un calidoscopio de pequeñas caras triangulares multiplicándose infinitamente con los ojos muy abiertos, acechando expectantes, llegar al final del camino anunciado. Tras ellas se levanta desafiante una pared completamente blanca, un muro que nos obliga a detener la cadencia de nuestros pasos ante la entrada en el descubrimiento de algo nuevo.
Tras el muro. La luz. Nuestros ojos, avessats a la oscuridad de antes, contemplan un mural de infinitas caras, pequeñas semicircunferencias de rasgos definidos, fisonomías diversas, multiplicidad individualizada. Cada pieza soy “yo”, es “aquel”, o “el otro”, es un “nosotros”, y todas parecen apuntar con la mirada nuestro destino final.
Partimos. En un camino blanco de luz, nuestros pasos, acompasados ​​por la eterna melodía melancólica, serán guiados en el despertar de la conciencia. Seis esferas flanqueaban el camino de luz. De una con una las seis esferas, de color púrpura y tacto satinado, coronadas por un delicado y minucioso trabajo de barro, se erigen exultantes para mostrar nuestros símbolos. En reconocemos los conceptos creados por nosotros mismos. Vemos reflejados nuestros sentimientos cuando contemplamos un rebosante de corazones y delicadas boquetes inocentes susurrando; nos identificamos con un grupo, una tribu, una bandera de entre todas las que coronan la segunda esfera; nuestra mirada acaricia la palabra, el deseo de comunicar simbolizado por un broche de letras, y con las manos seguimos la ciencia, esculpida graciosamente por un baile de números; el último pequeño universo conceptual culmina con un hiperrealista bodegón de elementos, símbolo todos él del progreso: la tecnología. Y en el camino de la razón, paralelamente los conceptos se convierten en una pasión materializada en forma de ofrenda: sentimientos y emociones; religones, fe y creencias; tribus, pueblos, culturas; palabras, letras, comunicación; ciencia y saber; tecnología, modernidad y progreso … todos ellos sobre un firmamento de estrellas. Un universo minimizado con delicado trazo.
Seguimos. El camino de luz conduce nuestro paso incasable hacia el final del viaje. Imponente, un gran retablo levanta ante nuestra mirada cegada. Blanco sobre blanco, una silueta humana, asexuada, parece definir su contorno a través de la luz. Asombrados, no podemos hacer otra cosa que fijar nuestros ojos en la aureola y sentir un cierto desasosiego. En el despertar de la conciencia descubrimos la llegada del Hombre Nuevo. Nos descubrimos. Somos nosotros.